El
día de la tradición es sintomático de una época y de una concepción de lo que
hoy de manera coloquial se denomina “argentinidad”. Fijado en la década de
1930, el día del nacimiento del poeta José Hernández, autor del Martín Fierro, se
insertaba en un contexto histórico-político que buscaba dar impulso a ciertos
aspectos del pasado argentino. Al mismo tiempo se fundaron decenas de museos
históricos provinciales (Blasco 2007), se producía un acercamiento entre la
iglesia católica y el estado nacional (Zanatta 1996) y se dinamizaba una serie
de rituales patrióticos (Bertoni 2001) que no pueden explicarse sin entender el
tipo de gobierno que ejercía el poder: Los conservadores del “fraude
patriótico” y la “década infame”.
Este
sector buscaba fijar su legitimidad con una serie de performances que remitían
a un supuesto pasado épico de nuestro país y un retorno a valores tradicionales
que los “excesos” democráticos de la
UCR habían avasallado. Cabe adelantar que la práctica de
apelar a un pasado épico para explicar políticas recientes es una de las
tradiciones más habituales a las que recurren los estados nacionales para
justificar avasallamientos, masacres y despojos.
El
otro aspecto a considerar es el estrepitoso fracaso de las expectativas
respecto a los inmigrantes, a partir de la renuencia de los extranjeros de
abrazar la patria que los recibía. Esto produjo un cimbronazo en la supuesta
civilidad de los europeos, quienes en muchos casos transmitían ciertas
tradiciones, pero disruptivas respecto a las nociones de las clases dominantes
sudamericanas, esto es, el socialismo, el anarquismo y/o el sindicalismo
revolucionario.
De
modo que aquellos contingentes ultramarinos que traerían la civilización para
reemplazar el salvajismo de indígenas, afrodescendientes y gauchos errantes,
estalló con la propensión de los europeos a la radicalización política aunque
también porque el nivel de educación y alfabetización de los arribados había
sido idealizado y no contemplaba la llegada de campesinos sin instrucción.
Lo que
sin duda sucedió es que para el centenario (1910) el modelo alberdiano y
sarmientino se había hecho añicos (aunque tenían matices y diferencias, ambos
compartían la noción de que la civilización llegaría en barco) y ante el
fracaso de nacionalización de los inmigrantes, ciertas elites –en especial
Leopoldo Lugones- llevarían a cabo una operación literaria-cultural La
recuperación de valores telúricos, la folklorización del gaucho y a partir de
la despolitización de dicho actor social, vincular al habitante del campo, al
trabajador de la tierra, como el verdadero argentino.
Dicha
performance, como otras, echaba luz sobre ciertos aspectos y olvidaba otros. En
particular que unas décadas atrás, resultaba condición indispensable de la
civilidad, “bajar al gaucho del caballo” y ponerlo a trabajar.
En tal
sentido, el día de la tradición se inscribe en lo que Benedict Anderson (1993
[1983]) ha caracterizado como
“comunidades imaginadas”, es decir con los imaginarios y percepciones que las
sociedades tienen de otros y de sí mismos. Aún más específico, Hobsbawm y
Ranger (2002 [1983]) han sugerido el concepto de tradiciones inventadas que consisten en un grupo de
prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y
de naturaleza simbólica o ritual, que buscan inculcar determinados valores o
normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica
automáticamente continuidad con el pasado. De hecho, cuando es posible intentan
conectarse con un pasado histórico que les sea adecuado. La peculiaridad de las
tradiciones inventadas es que su continuidad con este es en gran parte ficticia
y que fueron originadas en los siglos XIX y XX con la misión de generar
cohesión social y sentido de pertenencia a los incipientes estados nacionales.
Por lo general, ninguna tradición se reivindica como moderna o reciente
y busca anclar con un pasado mítico y remoto que dote de legitimidad a un
orden, sistema o forma de gobierno. En esa línea, el valor del estudio de
Hobsbawm y Ranger es haber demostrado que los rituales y los actos suntuosos,
con pompa, de las monarquías británicas en realidad eran fenómenos creados en
la última parte del siglo XIX y comienzos del XX.
Cabe aclarar que la cuestión no opera en términos de real-ficticio sino
en la canonización y naturalización de ciertas prácticas como las emblemáticas,
tradicionales y verdaderas esencias del ser nacional, y no en pocas veces en
los supuestos que originan ciertas narrativas históricas que son funcionales a
la legitimación del orden establecido.
En el caso argentino, la operación fue exitosa porque se pudo instalar a
lo gauchesco –se insiste, con un perfil lavado y despolitizado- como contracara
de los intereses foráneos, esquema binario en el que se obturan las relaciones
de clase, de distribución de las tierras y riquezas que las elites argentinas
llevaron a cabo para imponer un cierto modo de estado y organización nacional[1]. Así el gaucho atraviesa a todas las clases
sociales, despojado de los conflictos y procesos que determinaron su fin como
actor social y que en definitiva, la tradición permite que un terrateniente
pueda “disfrazarse” de gaucho cuando más bien su figura, prestigio y condición
social, se ha consolidado en oposición a lo que el gaucho (los indígenas y los
afrodescendientes) encarnaba.
Desde los ámbitos educativos, los docentes
deberíamos reflexionar acerca de si la celebración de ciertas tradiciones no
implican la cristalización de prácticas hegemónicas. O en todo caso, apuntar a
la recuperación de los actores sociales “tradicionales” (indios, gauchos y
negros) sin despojarlos de sus sentidos políticos y aportando a una revisión
crítica del proceso histórico. Cuando le hacemos la “fiesta a la patria”
deberían considerarse la imposición de discursos y prácticas de homogeneización
cultural (“los argentinos que descendemos de los barcos”) y la creación de
otros internos (Briones 1994, 1995; Ramos 2004), esto es, la invisibilización
de aquellos grupos que habitan al interior del territorio nacional que se ha
construido por el proyecto de estado monocultural, pero que además de haber
sido perseguidos, confinados en campos de concentración y distribuidos como
mano de obra barata o esclava, ha sido
expulsado del crisol de razas, que sólo tuvo lugar para la imaginarización de
un país blanco y de origen europeo. Una tradición inventada negacionista con
poco para celebrar.
Bibliografía citada
-Anderson, Benedict 1993 [1983]. Comunidades imaginadas. Reflexión sobre el
origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica, México.
-Bertoni, Lilia Ana 2001. Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la
nacionalidad argentina a fines del siglo XIX. Fondo de Cultura Económica
-Blasco, María Elida 2007. “Los
museos históricos en la
Argentina entre 1889 y 1943”. En XI Jornadas
Interescuelas/Departamentos de Historia, San Miguel de Tucumán, 19 al 22 de
Septiembre.
-Briones, Claudia 1994. “Con la tradición de todas las gneraciones
pasadas gravitando sobre la mente de los vivos”: Usos del pasado e invención de
la tradición. En RUNA, Archivo para
las ciencias del hombre, volumen XXI. Instituto de Ciencias
Antropológicas, Universidad de Buenos Aires (UBA): 99-129.
-Briones, Claudia 1995. Hegemonía
y construcción de la “Nación”. Algunos apuntes. En Papeles de Trabajo 4. Centro
Interdisciplinario de Ciencias Etnolingüísticas y Antropológico -Sociales. Pp.
33-48.
-Hobsbawm, Eric y Ranger,
Terence. 2002 [1983]. La invención de la
tradición. Editorial Crítica, Barcelona.
-Ramos, Ana 2004. ‘Otros internos’,
historias y liderazgos. Los usos de la marcación cultural entre los mapuches de
Colonia Cushamen. En Nuevo Mundo, mundos nuevos Debates, [En
línea], en línea el 08 febrero 2005. URL : http://nuevomundo.revues.org/445.
-Zanatta, Loris 1996. Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y
Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943 (1996). Ed Sudamericana.
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[1] Como ejemplo alcanza la frase de los
abuelos en alusión a un pasado siempre mejor: “pensar que éramos el granero del mundo”, condición sin embargo semi
colonial, dependiente de los mercados mundiales a partir de un esquema de mono
cultivo que obturaba el desarrollo industrial. Pese a esta obvia condición que
enriqueció a la oligarquía argentina y sus aliados extranjeros, la
proliferación y la aceptación de dicho enunciado como un bien para todos los
argentinos, establece con claridad el éxito de la hegemonía, esto es cuando las
clases medias y bajas incorporan e internalizan los valores de las clases
dominantes.

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