jueves, 19 de diciembre de 2013

El día de la tradición. Una reflexión

    El día de la tradición es sintomático de una época y de una concepción de lo que hoy de manera coloquial se denomina “argentinidad”. Fijado en la década de 1930, el día del nacimiento del poeta José Hernández, autor del Martín Fierro, se insertaba en un contexto histórico-político que buscaba dar impulso a ciertos aspectos del pasado argentino. Al mismo tiempo se fundaron decenas de museos históricos provinciales (Blasco 2007), se producía un acercamiento entre la iglesia católica y el estado nacional (Zanatta 1996) y se dinamizaba una serie de rituales patrióticos (Bertoni 2001) que no pueden explicarse sin entender el tipo de gobierno que ejercía el poder: Los conservadores del “fraude patriótico” y la “década infame”.
   Este sector buscaba fijar su legitimidad con una serie de performances que remitían a un supuesto pasado épico de nuestro país y un retorno a valores tradicionales que los “excesos” democráticos de la UCR habían avasallado. Cabe adelantar que la práctica de apelar a un pasado épico para explicar políticas recientes es una de las tradiciones más habituales a las que recurren los estados nacionales para justificar avasallamientos, masacres y despojos.
   El otro aspecto a considerar es el estrepitoso fracaso de las expectativas respecto a los inmigrantes, a partir de la renuencia de los extranjeros de abrazar la patria que los recibía. Esto produjo un cimbronazo en la supuesta civilidad de los europeos, quienes en muchos casos transmitían ciertas tradiciones, pero disruptivas respecto a las nociones de las clases dominantes sudamericanas, esto es, el socialismo, el anarquismo y/o el sindicalismo revolucionario.
   De modo que aquellos contingentes ultramarinos que traerían la civilización para reemplazar el salvajismo de indígenas, afrodescendientes y gauchos errantes, estalló con la propensión de los europeos a la radicalización política aunque también porque el nivel de educación y alfabetización de los arribados había sido idealizado y no contemplaba la llegada de campesinos sin instrucción.
   Lo que sin duda sucedió es que para el centenario (1910) el modelo alberdiano y sarmientino se había hecho añicos (aunque tenían matices y diferencias, ambos compartían la noción de que la civilización llegaría en barco) y ante el fracaso de nacionalización de los inmigrantes, ciertas elites –en especial Leopoldo Lugones- llevarían a cabo una operación literaria-cultural La recuperación de valores telúricos, la folklorización del gaucho y a partir de la despolitización de dicho actor social, vincular al habitante del campo, al trabajador de la tierra, como el verdadero argentino.
   Dicha performance, como otras, echaba luz sobre ciertos aspectos y olvidaba otros. En particular que unas décadas atrás, resultaba condición indispensable de la civilidad, “bajar al gaucho del caballo” y ponerlo a trabajar.
   En tal sentido, el día de la tradición se inscribe en lo que Benedict Anderson (1993 [1983])  ha caracterizado como “comunidades imaginadas”, es decir con los imaginarios y percepciones que las sociedades tienen de otros y de sí mismos. Aún más específico, Hobsbawm y Ranger (2002 [1983]) han sugerido el concepto de tradiciones inventadas que consisten en un grupo de prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y de naturaleza simbólica o ritual, que buscan inculcar determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado. De hecho, cuando es posible intentan conectarse con un pasado histórico que les sea adecuado. La peculiaridad de las tradiciones inventadas es que su continuidad con este es en gran parte ficticia y que fueron originadas en los siglos XIX y XX con la misión de generar cohesión social y sentido de pertenencia a los incipientes estados nacionales.
   Por lo general, ninguna tradición se reivindica como moderna o reciente y busca anclar con un pasado mítico y remoto que dote de legitimidad a un orden, sistema o forma de gobierno. En esa línea, el valor del estudio de Hobsbawm y Ranger es haber demostrado que los rituales y los actos suntuosos, con pompa, de las monarquías británicas en realidad eran fenómenos creados en la última parte del siglo XIX y comienzos del XX.
   Cabe aclarar que la cuestión no opera en términos de real-ficticio sino en la canonización y naturalización de ciertas prácticas como las emblemáticas, tradicionales y verdaderas esencias del ser nacional, y no en pocas veces en los supuestos que originan ciertas narrativas históricas que son funcionales a la legitimación del orden establecido.
   En el caso argentino, la operación fue exitosa porque se pudo instalar a lo gauchesco –se insiste, con un perfil lavado y despolitizado- como contracara de los intereses foráneos, esquema binario en el que se obturan las relaciones de clase, de distribución de las tierras y riquezas que las elites argentinas llevaron a cabo para imponer un cierto modo de estado y organización nacional[1].  Así el gaucho atraviesa a todas las clases sociales, despojado de los conflictos y procesos que determinaron su fin como actor social y que en definitiva, la tradición permite que un terrateniente pueda “disfrazarse” de gaucho cuando más bien su figura, prestigio y condición social, se ha consolidado en oposición a lo que el gaucho (los indígenas y los afrodescendientes) encarnaba.
    Desde los ámbitos educativos, los docentes deberíamos reflexionar acerca de si la celebración de ciertas tradiciones no implican la cristalización de prácticas hegemónicas. O en todo caso, apuntar a la recuperación de los actores sociales “tradicionales” (indios, gauchos y negros) sin despojarlos de sus sentidos políticos y aportando a una revisión crítica del proceso histórico. Cuando le hacemos la “fiesta a la patria” deberían considerarse la imposición de discursos y prácticas de homogeneización cultural (“los argentinos que descendemos de los barcos”) y la creación de otros internos (Briones 1994, 1995; Ramos 2004), esto es, la invisibilización de aquellos grupos que habitan al interior del territorio nacional que se ha construido por el proyecto de estado monocultural, pero que además de haber sido perseguidos, confinados en campos de concentración y distribuidos como mano de obra barata o esclava,  ha sido expulsado del crisol de razas, que sólo tuvo lugar para la imaginarización de un país blanco y de origen europeo. Una tradición inventada negacionista con poco para celebrar.

Bibliografía citada

-Anderson, Benedict 1993 [1983]. Comunidades imaginadas. Reflexión sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica, México.
-Bertoni, Lilia Ana 2001. Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad argentina a fines del siglo XIX. Fondo de Cultura Económica
-Blasco, María Elida  2007. “Los museos históricos en la Argentina entre 1889 y 1943”. En XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia, San Miguel de Tucumán, 19 al 22 de Septiembre.
-Briones, Claudia 1994. “Con la tradición de todas las gneraciones pasadas gravitando sobre la mente de los vivos”: Usos del pasado e invención de la tradición. En RUNA, Archivo para las ciencias del hombre, volumen XXI. Instituto de Ciencias Antropológicas, Universidad de Buenos Aires (UBA): 99-129.
-Briones, Claudia 1995. Hegemonía y construcción de la “Nación”. Algunos apuntes. En Papeles de Trabajo 4. Centro Interdisciplinario de Ciencias Etnolingüísticas y Antropológico -Sociales. Pp. 33-48.
-Hobsbawm, Eric y Ranger, Terence. 2002 [1983]. La invención de la tradición. Editorial Crítica, Barcelona.
-Ramos, Ana 2004. ‘Otros internos’, historias y liderazgos. Los usos de la marcación cultural entre los mapuches de Colonia Cushamen. En Nuevo Mundo, mundos nuevos Debates, [En línea], en línea el 08 febrero 2005. URL : http://nuevomundo.revues.org/445.
-Zanatta, Loris 1996. Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1930-1943 (1996). Ed Sudamericana.







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[1] Como ejemplo alcanza la frase de los abuelos en alusión a un pasado siempre mejor: “pensar que éramos el granero del mundo”, condición sin embargo semi colonial, dependiente de los mercados mundiales a partir de un esquema de mono cultivo que obturaba el desarrollo industrial. Pese a esta obvia condición que enriqueció a la oligarquía argentina y sus aliados extranjeros, la proliferación y la aceptación de dicho enunciado como un bien para todos los argentinos, establece con claridad el éxito de la hegemonía, esto es cuando las clases medias y bajas incorporan e internalizan los valores de las clases dominantes.

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